miércoles, 16 de mayo de 2012

Una economía paralela nace de la protesta




El 15-M no está muerto. Aunque algunos quieran matarlo.
Corría mediados de julio, pleno verano en Madrid, y la asamblea de San Blas se reunía, como cada lunes, a las seis de la tarde. La de San Blas es una de esas asambleas de barrio del 15-M que han permanecido activas -el movimiento decidió descentralizarse y trasladar la acción a los barrios al poco de nacer, a las primeras de cambio-.
Unas cuarenta personas se congregaron en la llamada Plaza Blanca para abordar la creación de un banco del tiempo, un sistema para intercambiar servicios entre los vecinos sin necesidad de una moneda. Israel, informático, de 39 años, empezó a aplicarlo ese mismo día. Necesitaba arreglar unas cortinas en su casa. En la asamblea estaba Flori, ex costurera, de 56 años. Se pusieron de acuerdo: ella necesitaba que alguien le revisara el ordenador.
Sinergias Cooperativa San Blas es hoy una cooperativa en la cual hay tres fontaneros, dos electricistas, ocho profesores, tres comerciales, dos conductores, un montador de cubiertas, un ebanista, un empleado, dos conserjes, tres montadores y dos jardineros. Es una de las múltiples cooperativas que han nacido al calor del 15-M. Se intercambian servicios entre ellos, y los ofrecen a terceros.
En el año que ha transcurrido desde el levantamiento ciudadano de mayo de 2011, una parte del 15-M ha pasado de la indignación a la acción. Están los que se unieron para protestar. Están los que se unieron para seguir trabajando.
Los más activos no dejaron de reunirse en las plazas de barrios y pueblos, de organizar asambleas, de compartir problemas y, desde el pasado octubre, fecha en que el movimiento alcanzó su cima -volverse global- se han dedicado esfuerzos a buscar soluciones. El 15-M se expande silenciosamente por los barrios. Se expande como se expandían las faldas de Carlos III en aquellos días en que los ciudadanos se levantaron para protestar; las faldas las conformaban las carpas que día tras día se iban extendiendo por la Puerta del Sol; carpas que cada día albergaban un nuevo espacio: una cocina, una biblioteca, una guardería para los chicos, un centro de comunicación.
Cada asamblea de cada barrio significa que, cada semana, un grupo de gente se reúne para resolver problemas; la interconexión de cerebros genera nuevas ideas, nuevas iniciativas; así ocurre, semana a semana, en cada asamblea, en cada plaza. Basta con entrar en la páginatomalaplaza.net para observar el gran número de iniciativas que se fueron generando en el año de vida del movimiento. Ahí va depositando cada grupo las actas de sus reuniones, las decisiones que se toman, los diagnósticos de situación, las propuestas de soluciones alternativas.
Así está funcionando el 15-M: miles de cerebros conectados, en las plazas y en las redes, remendando las costuras de un colchón contra la crisis. En días en que el Estado de bienestar se desvanece justo cuando el paciente más lo necesita, se atisba el embrión de una economía paralela, subterránea, alternativa. Son tiempos duros: la cuarta parte de la población está desocupada. Frente al sálvese quien pueda, el 15-M ofrece espíritu colaborativo, acción en red.
En el barrio de San Blas están pensando incluso en crear su propia moneda para regular los intercambios de servicios. Y ya saben cómo se llamará su divisa: el blasón.
"Nosotros no somos indignados, somos ilusionados", dice Israel, el informático. "Desde chico te enseñan que hay que competir, cuando de lo que se trata es de compartir; de compartir la vida, en general." Israel está encantado con el modelo de economía alternativa que está germinando en el barrio. "Yo sabía que el INEM [N. de la R.: Instituto Nacional de Empleo] no me iba a resolver el problema, que había que cortar por lo sano".
Su cooperativa es una de las muchas redes de autoapoyo que nacieron de la mano del 15-M, como la Red de Ayuda Mutua del madrileño barrio de Aluche: los jueves y viernes, se recolectan excedentes de comercios y restaurantes y el viernes por la tarde se reparte entre los vecinos más necesitados; las iniciativas de los rurales enredados, que están tendiendo puentes entre ciudades y pueblos para desarrollar huertas ecológicas que reduzcan la dependencia alimentaria; o los mercaditos de trueque, como el que organiza la Asamblea del madrileño barrio de la Concepción -que también ha puesto en marcha una huerta ecológica-: el último domingo de cada mes los vecinos acuden al parque Calero e intercambian -libros, juguetes, ropa, de todo- sin que medie el dinero.
Los ciudadanos también se organizan para otros fines. Para frenar operaciones policiales contra inmigrantes, como hacen las brigadas de observación de derechos humanos del barrio de Lavapiés. O para hacer frente a los bancos, como las cooperativas de deudores de Catalunya (CASX, Cooperativas de Autofinanciación Social en Red), en las que los deudores se agrupan para responder en bloque frente a la entidad financiera acreedora.
Más allá de la protesta
"Este va a ser el año de las cooperativas", vaticina Arturo de Bonis, activista del 15-M y miembro de la Cooperativa de Sinergias. "Existe una necesidad de autoorganizarse, es una forma de salir adelante", explica. De Bonis es ingeniero industrial, tiene 55 años y trabajó en el Banco Mundial. Reivindica esta manera alternativa de funcionar como cauce para hacer frente "al desapego de los trabajadores y de los propios empresarios hacia sus propias empresas". Y se explica: "Los empresarios ya no sienten las empresas como suyas, sino como un puro vehículo para el beneficio: si tienen que vender el suelo sobre el que se asienta la fábrica, lo venden".
El ingeniero De Bonis cuenta que, desde el pasado octubre, el movimiento ingresó en la fase de construir más que de protestar. "El paro es un grandísimo problema, pero también una oportunidad: podemos crear una economía alternativa y paralela. Hay un 25% de población que puede ayudarnos, éste es el gran reto del movimiento"...
El País

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